sábado, 23 de noviembre de 2019

Jorge Rodríguez Padrón; los otros; él mismo

Qué sería de nosotros si no fuera por esos seres esforzados que, contra viento y marea y sin apoyos institucionales ni mediáticos, abogan en cuanta ocasión se les presenta por la literatura de los márgenes: ese lugar a la orilla de las corrientes donde se deposita el fértil sedimento del rozamiento de lo que fluye con lo que permanece. Entusiastas incansables, nos traen a la mesa menús nada populares, guisos olvidados pero nutritivos, deliciosos postres provincianos, recetas de la abuela que rescataron del desván y nos regalan el paladar con el sabor de la verdad, frente a la alquimia precocinada y las estrellas Michelin con que, a veces sin fundamento, se nos atosiga desde grandes superficies y suplementos literarios.

De la mano de estos idealistas conocemos a escritores de la periferia geográfica, del pasado injustamente preterido, autores que no entraron en el canon porque no camelaron a ningún antólogo de postín, o porque eran demasiado jóvenes, o porque ya son demasiado viejos. Ellos saben que la literatura no entiende de edad ni origen, y que no reconoce otra oportunidad que la de la carnosa autenticidad de la palabra.


A esta raza de cocineros pundonorosos pertenece Jorge Rodríguez Padrón (Las Palmas, 1943). No contento con ser una de las figuras más respetadas en el ensayo contemporáneo en lengua española y autor de una obra muy extensa y muy personal, que incluye títulos ya clásicos como Del ocio sagrado (1991), En la patria perdida (2013) o Variaciones sobre el asunto (2016); insatisfecho también con ser responsable del que probablemente sea el más importante corpus crítico sobre literatura canaria, en la que es autoridad y referencia, y uno de las más importantes sobre la hispanoamericana; con todo, sí, aún dedica generosos esfuerzos a la difusión y comprensión de la obra de otros autores, presentes, pasados y hasta futuros. Hace tiempo que este chef dejó los fogones de la enseñanza, pero a la vista queda que la jubilación es para los cobardes.

Así, el pasado sábado 16 de noviembre nuestro sabio se citó en la Villa y Corte con el también profesor y escritor grancanario Oswaldo Guerra Sánchez (Las Palmas, 1966), para presentar la última entrega poética del último: Si existe el árbol. Cuaderno iraní, un libro declaradamente instalado en los márgenes de lo que entendemos habitualmente como occidental. El acto aprovechó la hospitalidad de Enclave de Libros, una de las librerías de Madrid más entregadas a la causa de la palabra. Agustín Sánchez Antequera, editor de El Sastre de Apollinaire, Rodríguez Padrón y el propio Guerra dialogaron sobre la poesía de este, sobre el viaje como pretexto literario, sobre la impronta preislámica en el Irán chií, sobre los vínculos de la mística en todas las culturas monoteístas (zoroastrismo, judaísmo, cristianismo e islamismo) o sobre la importancia de la figura de Hafiz Shirazi en la poesía iraní y universal. Mientras tanto, escuchaban con atención entre el público el poeta Néstor Villazón o el novelista, también grancanario, Luis Junco.


Pocos días después, el viernes 22, Rodríguez Padrón daba pie a Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957), en la librería Pasajes de la capital. El zamorano afincado en León, autor de poemarios como El que desordena (2006) o Pérdida del ahí (2016), y de novelas aclamadas y premiadas como Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018), presentaba la reunión en Ediciones Trea de varios de sus libros de breves prosas reflexivas, El murmullo del mundo (2019). Sánchez Santiago, miembro también del gremio docente, es, silenciosamente, uno de los escritores españoles actuales de mayor sustancia, además de un valiosísimo crítico y estudioso de la literatura contemporánea.

De vuelta en Enclave de Libros, llegaba el sábado 23 el turno del propio Jorge Rodríguez Padrón, que acaba de publicar en Editorial Polibea su recopilación de ensayos Alonso Quesada. Los otros. Él mismo, en el que reivindica ‒como lleva décadas haciendo‒ la figura de un escritor canario muerto muy joven: Rafael Romero (Alonso Quesada, 1886-1925), que dejó a la posteridad una obra breve pero intensa, a la que Rodríguez Padrón ha encontrado con agudeza vínculos con César Vallejo, Ramón López Velarde, Fernando Pessoa y Katherine Mansfield. No en vano es Rodríguez Padrón autor de una Memoria literaria de Europa en varios volúmenes aún por publicar, en la que despliega su vasto conocimiento y su capacidad de encontrarle a la literatura de Occidente las hebras de su entramado argumental. La literatura comparada y la excelencia en su oficio de lector dan estos frutos, que en el caso de su último libro ayudaron a presentar el escritor Ángel Fernández Abad, en representación del pulquérrimo editor de Polibea, Juan José Martín Ramos; y la profesora Selena Millares, exquisita intelectual y artista ‒de casta le viene al galgo‒ que puso algunos puntos sobre las íes y subrayó los motivos por los que es tan importante la labor de rescate del poeta casi cien años después de su desaparición. Escuchó a los tres y luego trabó conversación con la mesa una sala repleta de público, entre el que se contaban Javier Lostalé, Juan Carlos Mestre, Manuel Neila y otros grandes de las letras de esos que no suelen aparecer en los suplementos del corazón y de la cartera ‒ni a estas alturas nos parece necesario ni conveniente que aparezcan.

Su presencia demostraba, en todo caso, el interés que genera entre los letraheridos la frenética actividad desplegada por y en torno al esfuerzo, a la independencia crítica, a la bonhomía y a la injustificada modestia de Jorge Rodríguez Padrón, que, en una sociedad minada por el vértigo tecnológico y el desprecio del saber, se agiganta en su ejemplo aglutinador.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Todo lo que nos queda por delante

[Néstor Villazón, La culpa colectiva. Sevilla: La Isla de Siltolá, 2019, 68 pp.].

Desde el primer vistazo al índice se revela La culpa colectiva como un libro que indaga en torno al equilibrio vital y que, por más que la voz lírica acuda a procedimientos razonables, no acaba de encontrarlo y naufraga, a lo sumo, en el estoicismo y en el mal menor. Medir la realidad nunca deja de ser un proceso que queda en tentativa, y la estructura del poemario es significativa a ese respecto: cinco partes muy equilibradas pero no perfectamente iguales en número de poemas denotan afán por el orden pero también la resignación de quien se conforma con mantener a raya el caos.

Néstor Villazón (Gijón, 1982) es poeta y dramaturgo, y eso se hace ver en su ficción lírica, que, si no dialogada, siempre es dialógica: nunca falta un o un vosotros al que la voz poética pueda dirigirse en su exploración de la realidad y de sus sentimientos, requiriendo a veces de forma explícita al lector (“Imaginad a la mujer de vuestra vida […].// Ahora preguntadle qué quiere ella”, p. 39). Es así también cuando se autointerpela (“Ahora sabes del sentido del amor”, p. 19), disociándose de la misma voz poética para dirigirse a sí mismo en segunda persona.

Poema y vida son la misma carne. Así queda de manifiesto en el arranque del libro (“Nota de autor”) donde la frontera entre la voz poética y la voz del hombre queda difuminada ya desde la partida. Y la materia de la que están hechos tanto el poema como la vida es el amor, un amor indescifrable (“Amigos, el amor os sobrepasa.// Quien hable algún día de amor/ está mintiendo”, p. 15) que viene y va, sumiendo a la voz lírica en el ahora más acuciante hasta el final del libro (“Piensa que jamás hubo tiempo/ en el amor, sino el momento exacto”, p. 60). Un amor y un desamor que, de forma cotidianamente dramática, se superponen en los gestos y en el devenir, sembrando de apariencia y de fugacidad la vida y resolviéndola en abismo (“Los actos verdaderos”, p. 17) y en decepción (“El fin de la enseñanza”, p. 19), con la vida entendida como “una deuda que nadie entiende”.

El sujeto se revuelve contra todos, acusándolos de compartir un concepto engañoso del amor. Es la “culpa colectiva” (p. 23) de quienes se aferran a la quimera del amor y su recuerdo. Toda la segunda parte del libro, inspirada en un verso de Juan Luis Panero (“Fueron antes los nombres y las fechas”), desarrolla un ejercicio de confesión y de desmitificación de la memoria sentimental a través de la anécdota y de la reflexión. En la tercera parte del libro, Villazón despliega enumeraciones y anáforas que insisten machaconamente en el sentimiento de inanidad de la vida, como queriendo convencernos de que lo es todo menos solemne o heroica. Su “Resumen de una vida” (pp. 37-38) enlaza con el Ángel González más desengañado y cotidiano, y su “Contrato social” (p. 39) vuelve a insistir en el amor como intercambio de servicios, como hechura social vestida de idealismo; en definitiva, como culpa colectiva.

La despedida y el cierre del luto por un amor para dar paso al siguiente, con la lección aprendida (“El fin de la enseñanza”, p. 19) y una actitud mucho más desengañada o resignada (“Acta est fabula”, p. 56, “El final del cuento”, p. 58) centran la última parte del libro, que en “Despedida” define aparentemente lo que antes había dado por indefinible: “sabrás de amor/ cuando escribas el poema/ que huye de él” (p. 60), con un remate pleno de certezas inasibles.

El marco psicológico es mucho más importante que el imaginario en la poesía de Villazón, cuyo estilo, muy arraigado en el realismo (con referentes como el mencionado González, José María Fonollosa o Felipe Benítez Reyes), se sirve de un lenguaje llano y abunda en el uso de la antítesis y de figuras de pensamiento relacionadas, como la ironía o la paradoja, que maneja sin aspavientos. Dice en la p. 17: “mientras tú vuelves con la luz/ que solo da la noche”. Dice también, en la p. 49: “es cierto, ha sido un mal día,/ pero piensa en todo lo que nos queda por delante”, en una estupenda anfibología cuyo verdadera intención es imposible descifrar: ¿lo que nos queda por delante nos consuela o nos hace considerar la desdicha pasada como tan solo una minucia…? Se trata de una poesía muy rítmica, apoyada sin encorsetamiento en la métrica pero, sobre todo, en el juego de repeticiones, paralelismos, polisíndeton, anáforas: todo aquello que otorga a un poema una eficaz legibilidad y que está muy presente en la obra de este hombre del teatro. El coloquio de los perros.